Este artículo es de hace cuatro años, 2015,fue publicado en el portal de Ojo Público . Le he puesto algunos añadidos. Me animo a ponerlo aquí porque hay recurrencias. En San Marcos, donde soy docente a comienzos de este semestre el auditorio principal fue usado para presentar a un orador sin mayores credenciales académicas en un evento a gresivamente conservador. Hace pocos días circuló en las redes una carta dirigida al rector de la Universidad Católica por un obispo que tiene el cargo de gran canciller pidiendo que en el futuro no tengan lugar eventos como un taller sobre masturbación femenina, por atentar contra las buenas costumbres. Pongo de referencia a estas dos universidades, que ciertamente no son marginales para poner de manifiesto una situación que llamo ‘retaguardia cultural’. He puesto en letra cursiva los añadidos a la versión original.
Las Universidades Peruanas como Retaguardia Cultural
Guillermo Nugent
Fue una experiencia contundente que en una misma semana confluyeran los siguientes acontecimientos: San Marcos niega el uso de la casona para el velorio de los restos de Manuel Acosta Ojeda, un reconocido hito de la cultura musical popular del país y frecuente conferenciante de la mencionada casa de estudios. La universidad católica prohíbe una exhibición de juguetes eróticos como parte de un evento feminista (la semana anterior esas mismas autoridades habían cancelado un concierto de metal rock en un auditorio de su propiedad). En el colmo, la universidad San Martín de Porres , que parecería ocioso recordar que lleva el nombre un personaje negro o afroperuano, es objeto de denuncias por prácticas racistas. No incluímos el caso del negocio universitario particular de un congresista cuyos profesores eran pagados con sueldos del Congreso porque las universidades for profit o con fines de lucro son otra galaxia.
No es la primera vez que suceden episodios de esta naturaleza. Pero siempre se los ha tratado como un problema local de la institución: que si el rector tal no tiene idea de un artista reconocido, que si en otro sitio están obligados a ser cucufatos o en tal otro hay un decano interesado en atraer estudiantes ‘frívolos y superficiales’. ¿Por qué son tan reiterados? Los episodios cambian en su contenido pero siempre surge esa terrible mezcla de sorpresa y decepción que se puede expresar en interrogaciones del tipo ¿Cómo es posible que suceda algo así? El asunto, en efecto es que siempre es posible. Puede tener como escenario la universidad más encumbrada o la más rudimentaria. No es un asunto de tal o cual institución puntual, y mi impresión es que aún no alcanzamos una tipificación del problema que nos pueda ayudar a superarlo.
Mi punto de vista es que estamos ante problemas que afectan al conjunto de lo que entendemos por educación universitaria. Hasta ahora la atención ha sido puesta en las universidades etiquetadas como ‘mediocres’, un adjetivo sospechosamente genérico para eludir una denominación más franca: pésimas. Como es costumbre en nuestra cultura pública, es preferible señalar al ciego para sentirse rey y todos los tuertos tranquilos; a seguir como siempre han sido las cosas. Hay una especie de alivio malsano en poder señalar que hay universidades que siempre están por debajo de la propia.
Sería conveniente y saludable plantearse el dilema: ¿queremos ser los mejores o queremos dejar de ser los peores? Esto es particularmente visible en la situación universitaria actual. Anteriormente he señalado que una parte clave de muchas dificultades colectivas es una desoladora ausencia de ideales en los modos de ejercer alguna forma de poder. La atención siempre está puesta en el , o lo, inferior. Rara vez la energías están orientadas al esfuerzo creador. En el mundo universitario una expresión de este proceso consiste en el hecho frecuente de ser primero amiga(o)y luego colega. No es lo mismo que los colegas se hagan amigos que los amigos sean colegas. Esto no tiene sentido atribuirlo a una debilidad humana más o menos inescrutable. Avanzamos en la comprensión del problema si lo entendemos como la señal de una ausencia de una meta común y en consecuencia no se necesita desear estar entre los mejores. Suficiente con estar por encima de los peores.
Esta atmósfera ha estado presente en la elaboración y debates de la última ley universitaria, naturalmente con la oposición de las peores, que cuentan con no pocos representantes en el Congreso. (El dueño de la indescriptible univesidad Telesup, estuvo en el Congreso del período 2011-2016)
Se trata por lo demás, del dispositivo característico que orienta la enredadera de las discriminaciones peruanas: presentar a algún otro como menos o simplemente peor que uno mismo. Ninguna novedad en esto. Esa es la forma preferida para destacar por lo general. La decadencia perpetua.
Pero los debates sobre la institucionalidad universitaria han estado marcados por una notoria dispersión: escándalos graves o pintorescos, cuando no las dos cosas juntas, en alguna universidad puntual. Pasa un tiempo, a veces solo un tiempito, y ya nadie se acuerda del rector con los sueldos millonarios, o del otro que usa la tesorería como caja chica para campañas partidarias.
Propongo una perspectiva algo distinta para entender las actuales dificultades universitarias. Antes que comparar a tal o cual universidad peruana con el ranking de Shanghai es necesario un comienzo más doméstico y sencillo: el sistema universitario peruano es algo muy parecido al poder judicial y a la policía nacional. Así como hay jueces y fiscales probos y policías con una genuina vocación de servicio , no por ello se le ocurre a alguien decir que por lo tanto sus correspondientes instituciones gozan de una genuina veneración ciudadana. Con las universidades pasa algo por el estilo: pueden haber docentes dignos de encomio, alguna autoridad impoluta, administradores pensantes, pero eso no dice mucho sobre la situación general. ¿Qué tienen en común esas tres instancias, los tribunales , la policía y las universidades? Las creencias han sido reemplazadas por las conveniencias. Son muy pocos los que creen en lo que hacen, en el caso de la universidad sería creer que están ahí para formar parte de un quehacer académico, sean en la docencia, investigación o ambas . La eficacia de esas tres instituciones descansa en la solidez de las creencias como parte de la legitimación de un orden público. No tenemos una tradición en la que el saber profesional, abierto a toda persona que se lo proponga, esté vinculado a los procesos de legitimación de un orden, de ahí que aparezca como algo supletorio y en el mejor de los casos como un coto para especialistas que diseñan políticas públicas.Cuando las palabras legítimas se convierten en cascarones aparecen pues las prácticas pervertidas. Y tanto para el sistema judicial, la protección ciudadana, como en el sistema universitario, las palabras necesariamente tienen que ser capaces de generar una confianza que recoge las necesidades públicas.
LA RETAGUARDIA CULTURAL
En las universidades, generalizo a propósito para evitar la trampa narcisista ‘mi-universidad-es-distinta-a-las-otras’, este descreimiento no se expresa en primer lugar por coimas , condenas y absoluciones insólitas o apremios físicos, esa descomposición se traduce en una figura que podría llamarse retaguardia cultural.
En los episodios mencionados al comienzo se pone de manifiesto este carácter de retaguardia: son cosas que ni siquiera se puede decir que estén mal, propiamente son inconcebibles. Imaginemos que los procesos culturales de nuestra vida pública fueran como la carrera de una maratón: los mejor entrenados van en los primeros lugares y en cierta forma marcan el paso del conjunto; luego viene un amplio pelotón que esforzadamente trata de llegar a la meta, su impulso quizás no es la victoria como la satisfacción de terminar la carrera; luego están los rezagados, jadeantes , apenas entrenados, que luchan con su humanidad para seguir dando un paso tras otro y que realmente no se sabe si llegarán a la meta…salvo que hagan trampa y tomen un atajo.
El primer grupo es el de los creadores, los que inventan nuevos vocabularios, artefactos, ya sean herramientas o instituciones, son quienes en algún sentido van a la vanguardia, el segundo grupo es el de las verdades aceptadas , esa zona intermedia entre el prejuicio y la apertura de buena fe a la novedad en el que nos movemos en el día a día . A pesar de todas las dificultades en esta parte la meta está todavía en el horizonte. Luego está la retaguardia, que simplemente está rezagada de cuanto se discute y , su hábitat es el prejuicio como instrumento de orientación, una genuina alergia a la novedad . Su horizonte no está en la meta cuanto en no alejarse demasiado de los grupos que forman el pelotón central y probablemente el gran consuelo sea constatar que, dentro de la retaguardia, algunos están peores que otros. Es ahí, en esa retaguardia donde está instalada la institucionalidad universitaria.
El proceso que lleva esta situación de retaguardia cultural de la institucionalidad universitaria seguramente es una confluencia de factores, uno importante acaso sea la privatización de facto de la educación superior. Su comienzo arranca desde los años ochenta, antes incluso que la ola neoliberal de la década siguiente. Un contrapeso restaurador a la movilidad social favorecida por la Reforma Agraria de los años precedentes que hasta ahora no ha sido estudiado con el detalle que se merece. El emblema de la desigualdad pasó de la propiedad de la tierra a una educación segregada en todos sus niveles. Si bien, a diferencia de la educación escolar, obligatoria, la universidad es una etapa opcional, es de ahí donde salen los cuadros profesionales encargados del manejo de los asuntos públicos, de la burocracia.
El repliegue del estado ante sus propias universidades es uno de los más pronunciados en el continente, indefendible desde cualquier punto de vista. Un aspecto más bien trágico, que no es destacado usualmente es que la fase de una privatización más radical de las universidades fue llevada a cabo por Fujimori, que había sido rector de una universidad pública, , La Molina, en los terribles años ochenta antes de ingresar al terreno de la política.
Las investigaciones en tecnología y medicina son muy costosas y a menos que se cuente con un subsidio de empresas y laboratorios médicos, no es algo que esté al alcance de un establecimiento privado y menos todavía para empresas educativas orientadas a una rentabilidad en el corto plazo. La presencia del estado como proveedor de la infraestructura e insumos básicos en la educación superior es inevitable. Los fondos para investigaciones en ciencias humanas en sentido amplio requieren quizás menos dinero pero una mayor agudeza para mostrar que la discusión y la crítica lejos de ser destructivas son la mejor fuente para la creación de nuevas ideas y vocabularios que nos permitan entendernos mejor.
En la constitución vigente, artículos 13 19, en ningún momento se reconoce el derecho a una educación de calidad, y es notorio que la preocupación de los constituyentes era asegurar la educación privada en todos sus niveles. De ahí la preocupación por asegurar la exoneración de impuestos y, en el caso de utilidades, declarar como simple posibilidad el pago de impuesto a la renta. En ese articulado está la revancha contra la reforma agraria.
Mientras tanto, las universidades, en el espíritu de la constitución del ‘93 seguirán emitiendo más y más títulos profesionales, pero han dejado de ser espacio de novedad, de esfuerzo y hazaña de invenciones. La potencia académica se ha reducido a la construcción de algún nuevo edificio en su campus que adornará una página web institucional o un folleto para escolares. Por lo demás, se han convertido en un organismo huésped donde encuentran refugio los prejuicios y desconocimientos más arcaicos. Hay algunas excepciones que pemiten un cierto optimismo, pienso en la reciente Universidad Rodriguez de Mendoza en Chachapoyas que ha desarrollado investigaciones en la clonación de ganado que la coloca en la vanguardia a nivel nacional. Es la prueba además de cómo cuando la credibilidad está presente las cosas pueden ser hechas sin ostentación.
La retaguardia cultural está lejos de ser un asunto de opiniones conservadoras, tienen que ver con una pérdida de credibilidad . Su voz está cada vez más ausente y lejana de los debates alrededor de nuestras necesidades públicas.
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