Este ensayo apareció originalmente en la revista Lienzo #38 de la Universidad de Lima. Son algunas ideas que estuve elaborando mientras estuve a cargo del Lugar de la Memoria (octubre 2016-agosto 2017). El desafío que implicó la tarea me llevó a intentar distinguir algunos conceptos que ahora comparto nuevamente.
El Recuerdo de hoy es la Memoria de mañana. Sobre los legados generacionales
Guillermo Nugent
La memoria a contracorriente.
En los debates públicos contemporáneos tiene un presencia creciente la cuestión de la memoria. Generalmente aparece de una manera controversial, con objeciones y celebraciones. Ya sea que se trate de monumentos, de archivos, de espacios para reelaborar recuerdos y transmitir la memoria de una generación a las siguientes,hay modos de conmemoración que ciertamente difieren de lo que tradicionalmente se ha entendido como hitos de la memoria colectiva.
El término mismo ‘memoria’ tiene una presencia múltiple en nuestra cultura contemporánea. Tanto sirve para referirse a la memoria en el sentido de alguna forma de evocación como para aludir a un desorden neurológico, el mal de Alzheimer que afecta la capacidad de recordar y también, en el terreno de la tecnología digital, para referirse a la capacidad de almacenar información de las computadoras. Probablemente la ‘memoria’ tiene tanto peso en la época actual como en otro momento , bastante largo por cierto, lo tuvo el ‘progreso’.
Del Progreso a la Memoria: Dos sentidos del tiempo.
El Itinerario actual, del ‘progreso’ a la ‘memoria’ ¿Cómo se puede entender esta transformación en curso? A primera vista pareciera un movimiento pendular: un tránsito de la orientación al futuro a la orientación al pasado. En verdad estamos ante procesos más complejos. Probablemente sea más apropiado hablar de un cambio de una manera lineal de entender las cosas a partir de las abstracciones del espacio y del tiempo a una comprensión menos lineal, más interesada en las conexiones entre diversos procesos y donde la abstracción espacio-temporal es sustituida por el acontecimiento.
En el uso del término y de la idea de progreso es importante distinguir dos dimensiones, que usualmente han ido juntas pero que merecen ser diferenciadas. Tenemos por una parte una concepción lineal de la realidad que parte de entender un pasado arcaico, ‘muy lejos’ y que es claramente inferior al presente . Si bien uno de los grandes méritos de la idea de progreso fue poner el énfasis en un futuro abierto, tendió sin embargo a diluir dentro de lo arcaico la dimensión fundacional de la realidad. En esta narrativa histórica , compartida por prácticamente todo el espectro político de la modernidad, la dirección de la historia era única y los momentos anteriores al presente tenían a lo sumo el valor de preparativos más o menos involuntarios, cuando no ingenuos, de la actualidad.
La otra dimensión funcionó más bien en tener la confianza que las cosas actuales pueden ser de otra manera y mejor. Esta dimensión se reveló especialmente fructífera en el terreno de la evaluación de las costumbres del pasado en relación al presente . Diversos autores en el terreno moral le han dado al progreso un sentido menos lineal y destacan el aspecto de pacificación de las costumbres o el criterio moral crecientemente inclusivo. Dicho sea de paso, una de las ventajas de esta dimensión cuando se la separa de la narrativa lineal es que abre el espacio para una perspectiva comparativa más horizontal entre distintas formas de vida. Al ampliar el horizonte del presente la perspectiva comparativa resulta inevitable. Ya no se trata de evaluar la diversidad de costumbres dentro de un esquema evolutivo, la realidad misma hace coexistir esa realidad y sus efectos comparativos son inevitables.
La actual perspectiva de la memoria da por sentado otro registro, bastante distinto de la encarnada por el progreso. A diferencia de las narraciones históricas donde la meta es elaborar alguna forma de reconstrucción del pasado que permita una explicación plausible para el historiador y sus contemporáneos. Se espera de una narración de este tipo que se remita a eventos y acciones que efectivamente han tenido lugar.En el caso de la memoria, el procedimiento tiene algunas diferencias que importa destacar.
En primer lugar, si bien el sentido actual de memoria se mueve en una dimensión de reconocimiento público y de eventos que efectivamente tuvieron lugar en el sentido socialmente más amplio, un rasgo compartido es que la memoria es elegida. De entre muchos acontecimientos posibles, se eligen unos y no otros para desempeñar una función representativa.¿Pero cómo distinguir la memoria del quehacer de los historiadores?. Inmediatamente surge la réplica que algo parecido es lo que hacen los historiadores en sus trabajos de investigación. Se debe hacer la salvedad que en el caso de la memoria el criterio de selección está marcado por las emociones, por algo que es sentido colectivamente o que se considera deseable que sea sentido por toda una comunidad. Una investigación histórica puede ser escrita con mucha pasión pero el sustento documental, el trasfondo del archivo, es el soporte de la credibilidad de un relato historiográfico.
Desde la segunda mitad del siglo XX sin embargo toma forma una característica que separa la memoria de los procedimientos que están a la base de los cultos religiosos. Mientras éstos tienen un carácter básicamente edificante, aparte de tener en un caso características fundacionales de mitos nacionales, como en México, , la memoria colectiva desde la segunda mitad del siglo XX hasta ahora tiene de asumir un carácter denunciatorio. El elemento edificante ya no se construye ante un ideal sino precisamente lo opuesto, se mantiene la memoria de algo que entra en abierto contraste con los ideales de formas de vida democráticas. Se trata de una transformación que va bastante más allá de un asunto de contenidos. La historia h dejado de desplegarse como una mejora continua o como una decadencia igualmente inevitable.
Antes que una cuestión de optimismo o pesimismo inmoderados estamos ante un cambio de sensibilidad general, de un orden político y de una reorganización del trabajo y de las poblaciones. Más que un simple cambio de ideas o de maneras de pensar es una transformación de la realidad que por cierto se adelantó bastante o más desbordó cualquier previsión lineal. Este clima de sorpresa y desconcierto tuvo un primer parapeto en el rótulo ‘posmodernidad’, pero no bastaba con señalar lo que ya estaba en situación de agotamiento. Lo que sucedió ha sido un proceso más bien discreto, sin estridencias iconocastas donde en torno a la palabra memoria se han condensado varios de los cambios, de las nuevas realidades que estamos viviendo.
Como señalé al comienzo, es una afortunada confluencia que entorno a la memoria haya una nueva manera de entender la temporalidad, de entender las bases fisiológicas que nos permiten recordar y entender la impresionante acumulación de información que ha traído consigo la tecnología digital. Me ocuparé de la primera acepción, pero sin dejar de mencionar que estamos ante una condensación que involucra de manera simultánea los tres procesos.
Triple raíz de las memorias contemporáneas
En los actuales debates sobre la memoria se puede encontrar una triple raíz: el genocidio nazi, el masivo avance de una cultura democrática en la segunda mitad del siglo XX y el desarrollo masivo de los medios de comunicación de base eléctrica y digital. ESte despliegue de los medios de comunicación sin duda es la transformación cultural más radical y duradera de los últimos cincuenta años.
-Aunque hoy pueda resultar difícil de creer, no fue un proceso tan fácil reconocer la naturaleza extrema de los campos de exterminio de los nazis durante los años inmediatamente posteriores al término de la segunda guerra mundial. Esto se pudo apreciar en las reticencias para las políticas de reparaciones a las víctimas que sobrevivieron. Primero fue negar que pudieran existir daños a la salud mental de los que sobrevivieron. En un uso perverso del psicoanálisis, se pretendió mostrar que quienes alegaban padecer algún desorden post traumático como consecuencia de las condiciones de detención, en realidad habían tenido daños severos en su infancia. Por lo tanto, el insomnio, la depresión, la angustia o el sobresalto permanente no podían ser adjudicados a la detención en el campo de concentración. Eran dolencias, como dicen las aseguradoras, pre existentes y por lo tanto no cabía compensación alguna.
A nivel de la opinión pública de la época el argumento que inicialmente tuvo más fuerza fue el que llamo ‘la ignorancia moral’, una figura que puede decirse que llegó a la escena de los debates públicos para quedarse hasta la actualidad. La novedad consistió en que por primera vez en la era moderna, la ignorancia dejó de ser un estigma y se convirtió no solamente en un atenuante. Peor todavía, fue un recurso para alegar inocencia. Señalar que la indiferencia o el apoyo a la dictadura nazi se explicaba porque no se conocían las campañas de exterminio contra judíos principalmente y también contra comunistas, gitanos, minusválidos era una inconsistencia. El antisemitismo rampante desde el ascenso al poder de Hitler en 1933 era una evidencia en la cultura pública alemana de la época, Es decir, la ignorancia moral es una impostura pues no puede aducir una falta de información de los hechos, pues el proceso, o la serie de procesos que condujeron a los campos de exterminio era parte de la realidad exhibida a la luz del día por así decir. Las atrocidades del régimen nazi eran colocadas en un espacio en el que primero habían sido ignoradas y luego no querían ser recordadas por quienes fueron contemporáneos de esos actos.
Los medios de comunicación y la fuerza del reconocimiento
¿Cómo fue posible la ignorancia moral respecto de acontecimientos en la esfera pública? Una respuesta posible tiene que ver con el creciente peso social de los medios de comunicación masivos. Es decir la ignorancia moral gira en torno a hechos conocidos, pero no públicamente reconocidos. Este capacidad de reconocimiento público es lo que ha dado tanta fuerza a los medios de comunicación masivos. No es una explicación completa afirmar que los medios de comunicación producen información y entretenimiento, por sobretodo producen reconocimiento. Este planteamiento ciertamente complejiza las cuestiones de libertad de pensamiento y de expresión, centrados en los derechos individuales. Pero el reconocimiento no es un derecho individual propiamente.
El reconocimiento es una especie de licencia social para permitir la circulación pública de informaciones e ideas y gustos. Se trata de una dimensión fundamentalmente política. En buena cuenta puede afirmarse que la memoria, en el sentido que es discutida aquí, es aquella parte del conocimiento social que en su momento tuvo serias fallas de reconocimiento. La memoria no se erige en contra de lo sucedido, aunque muchas veces parezca que es así, en especial cuando se trata de denuncias de masacres. Es una disputa en torno al reconocimiento. Que a veces de este reconocimiento se desprendan consecuencias penales y la correspondiente culpa, no disminuye la dimensión central del reconocimiento sobre lo que sucedió y que no fue adecuadamente reconocido cuando no simplemente negado.
¿Cómo se repara?
Un recurso común para desacreditar cualquier política de reparaciones por parte de un gobierno hacia los afectados por extremas violaciones a los derechos humanos es señalar el interés puramente económico de quienes se presentan como víctimas. Con ellos se quiere dar a entender que como el principal interés es económico la veracidad de los testimonios estaría subordinada a la búsqueda de una compensación material. Sin perjuicio que en algunos casos esto haya podido suceder, el reclamo fundamental, en especial de familiares de personas desaparecidas, es el reconocimiento de las acciones cometidas y el castigo a los responsables cuando sea posible (por la naturaleza misma del problema no es infrecuente que los autores de delitos hayan fallecido al momento de tener certeza sobre los actos delictivos). Tiene especial fuerza además el reclamo de un compromiso por parte de agentes del estado de no repetir acto semejantes en el futuro. Este es el sentido de las actividades conocidas como reparaciones simbólicas. Cuando En suma, las políticas de memoria en gran medida se pueden explicar como esfuerzos destinados a no dejar espacio para la re-aparición de la ignorancia moral.
El ignorante bien temperado
Como ya fue mencionado, una de las grandes novedades de la ignorancia moral es su carácter masivo y la suspensión de cualquier estigma en torno a la ignorancia. Baste hacer la comparación, tan usual en la historia republicana del estigma en torno al analfabetismo que se extendió hasta la prohibición de ejercer el derecho a votar. Esta prohibición recién fue dejada de lado en la constitución de 1979. El que no sabía leer y escribir era considerado como la encarnación máxima de la ignorancia, era el que ‘no sabía nada’ y no estaba por tanto en capacidad de participar en asuntos de interés público. La otra gran novedad de la ignorancia moral es el papel determinante de los medios de comunicación como una especie de aduana cultural y política que autoriza lo que puede ser materia de reconocimiento público. Aparte de las funciones inmediatas de entretenimiento e información, su fuerza radica en su capacidad de definir los límites de lo que puede ser públicamente reconocido.
El otro aspecto que es necesario incluir para entender la presencia y preocupación pública por la memoria es la expansión sostenida de una cultura democrática, ya sea como ideal o como realidad a escala global. Con pocas excepciones, la democracia política conoce un grado de expansión como ideal político que no tiene paralelo en el pasado. Esto naturalmente ha tenido una influencia en la manera de entender la memoria histórica, especialmente las conmemoraciones. Se puede decir que tienen lugar una descentralización de la manera de administrar la memoria que define la identidad comunitaria. Tradicionalmente las tareas de administrar la memoria conmemorativa estaba repartida entre el estado nación y, en América Latina, por la iglesia católica. El actual interregno en la historia de regímenes militares del continente ha permitido una creciente expansión de una cultura democrática en la región. En lo que se refiere a preservar la memoria hay una mayor visibilidad de los procesos regionales y sus particularidades culturales y políticas. Digo bien visibilidad, pues en muchos casos se trata de una preservación de narraciones de historias locales que eran puestas en escena en el calendario anual de fiestas en las comunidades rurales en particular.
Cuando en los tiempos actuales se celebra la diversidad cultural en buena parte de casos equivale a darle el reconocimiento a la diversidad de memorias. En muchos casos se trata de recuerdos o conmemoraciones que sirvieron para mantener un sentido de continuidad entre generaciones y que estaban limitadas al ámbito local. Sin embargo, las migraciones a ciudades grandes y la sensibilidad democrática creciente contribuyeron a un reconocimiento de estas celebraciones a una dimensión nacional. El aspecto que me interesa destacar es la conexión entre memoria y escenificación, puesta en escena. Esta disposición tiene las ventajas de los aspectos participativos con la comunidad o el auditorio , la capacidad de incorporar las incidencias del presente, pero también tiene las limitaciones de no poder una dimensión a escala individual y que permita mantener el sentido de una representación original con derivaciones explícitas, del tipo ‘así se hacía antes y así se hace ahora’.
El presente como entramado de acontecimientos
Es de importancia central en el actual interés por las cuestiones de la memoria en el ámbito público es el notorio despliegue de los medios de comunicación de base eléctrica, en especial los vinculados a la tecnología digital. En este último caso todavía estamos en plena revolución de las comunicaciones y sus consecuencias aún no se pueden apreciar a plenitud. Es un tema sobre el que se ha escrito muchísimo y prácticamente no hay nada nuevo que decir. Para el tema de este ensayo, el recuerdo y la memoria, hay algunas cuestiones que interesa destacar. La más importante a mi criterio es que desde hace medio siglo o poco más el peso incuestionable de la linealidad de las cronologías.
Su soporte tradicional fue la escritura y el papel, ha sido socavado de manera sostenida por los estímulos de base eléctrica primero y luego por la revolución de la tecnología digital . Por lo general este proceso es visto desde el lado del vaso medio vacío: la pérdida de autoridad de la escritura, la mayor importancia de la inmediatez y la relación casi hipnótica con los nuevos medios y una presunta pérdida de la capacidad reflexiva. Pero, y esto es más importante de lo que parece, todo lo anterior es dicho en un tono de adultos deplorando la ligereza de los jóvenes. Esta retórica se presta a suspicacia si agregamos que los rostros más visibles de la innovación digital son precisamente jóvenes.
El lado medio lleno involucra un escenario diferente y prometedor en algunos casos. En primer lugar, no es tan cierto que ahora se escriba o se lea menos que antes. La ampliación de la educación pública, especialmente a nivel universitario en los países más industrializados modificó por completo el panorama de la lectura y el carácter aristocrático que hasta entonces habían tenido las elites. En menor medida este proceso de masificación de la educación secundaria y superior también tuvo lugar en América Latina. El actual uso tan extendido de los medios digitales no habría traído las transformaciones que la acompañan de no ser por una extendida base letrada . ¿Qué fue lo que se transformó? Básicamente la crisis de una concepción lineal de la historia y de la realidad presente en particular.
El presente , vivido como una confluencia de perspectivas, es algo relativamente reciente en la historia global que probablemente no se remonta más allá de las últimas dos generaciones. Es la patente diversidad de perspectivas del presente lo que está modificando nuestra manera de entender la historia, tanto el mundo de los antecesores como las perspectivas que tenemos para los sucesores. El otro aspecto fundamental es un doble cambio en la manera de entender la historia: ha dejado de ser una sucesión cronológica para convertirse en un entramado de acontecimientos donde todas las cosas están interconectadas. La causalidad puramente lineal y en espiral ascendente, como señalaba la idea del progreso, ha sido dejada de lado. El futuro en consecuencia deja de ser una meta clara pero la contrapartida es lo que se gana en sentido de humanidad, de empatía y de cooperación. Se trata en algunos casos, de tendencias incipientes pero que ya pueden ser señaladas con claridad.
El otro cambio es que la historia además de ser un entramado de acontecimientos ha dejado de ser exclusivamente humana. Importan ahora también las otras especies además de la humana, los bosques, la calidad del agua, el clima… todo ellos forma ahora parte de nuestra historia desbordante de acontecimientos. No es raro entonces que una transformación tan radical del universo de cosas que nos conciernen haya producido una desazón o un sentimiento de caos orientado a la desintegración, la renuncia a cualquier sentido. Hubo un momento en los países del centro del capitalismo en que se intuyó este fin de la secuencia cronológica de la realidad temporal y se la identificó con el fin de cualquier narrativa que diera sentido a la realidad. Se trató de un buen diagnóstico que llevó a un mal pronóstico. El dilema era: o la gran narrativa del progreso o la ausencia de sentido.
Esta nueva filosofía de la historia tuvo dificultad para dar cuenta de procesos como las crecientes demandas de justicia en todo el amplio terreno de los derechos humanos que abarca desde las extremas condiciones de desprotección de los trabajadores en los sweatshops , las migraciones forzadas, hasta las víctimas de torturas y desapariciones ; el reconocimiento de las minorías étnicas y de la diversidad sexual y sus correlatos institucionales, pero también la agresividad política del discurso religioso , la reaparición con mucha fuerza de la xenofobia y formas extremas de violencia por parte del narcotráfico. Los debates sobre el cambio clim´tico. Todo ello es un nuevo escenario en ebullición al que no sería apropiado calificar como carente de sentido.
La sucesión de las generaciones
Se ha hecho evidente una nueva configuración cultural derivada de esta ampliación exponencial del acceso a las informaciones. Un punto crucial es la fuerza de los testimonios, o de las pruebas testimoniales. La capacidad para recordar ha pasado a un primer plano. El caso más revelador, en negativo, es la celebridad alcanzada por la enfermedad de Alzheimer en décadas recientes. Lo interesante del caso es que este desorden en la capacidad de recordar había sido tipificado por la psiquiatría alemana hace más de cien años (1906). Es decir, no se trata de una enfermedad reciente, pero su relevancia pública y cultural sí lo es . No más de treinta años, más o menos el periodo en que empiezan a generalizarse las computadoras personales. La relevancia en el deterioro de la capacidad de recordar nos dice mucho sobre la creciente importancia de la información y de cómo el recuerdo ha pasado de ser una especie de patio trasero de la mente a la sala de recepción, el espacio para recibir a los demás y definir nuestra presentación ante los demás.
Vivimos en tiempos que se exige mucho de nuestra capacidad de recordar para poder orientarnos mínimamente en el universo de las personas y las cosas. Esta situación obliga a modos de razonamientos que antes probablemente no eran necesarios o en todo caso de una validez muy accesoria. No solamente el volumen de información ha aumentado, también eso ha llevado a hacer distinciones que considero necesarias para una mejor comprensión de la realidad que compartimos.
La primera distinción la propongo entre recuerdo y memoria. El recuerdo inevitablemente es algo que forma parte de la experiencia vivida. Es una parte constitutiva de mi biografía y los afectos más básicos. Independientemente que sea o no comunicada de una manera consciente -pero siempre presente en nuestros vínculos-, es una parte medular del proceso de individuación, el conjunto de recuerdos que vamos acumulando a lo largo de la vida. La nitidez de esos recuerdos depende en lo fundamental de los afectos a los cuales están ligados. Eso explica parcialmente cómo en situaciones de deterioro de la capacidad de recordar, son los recuerdos más antiguos los que se mantienen con nitidez a veces creciente.
Esto que a primera vista puede resultar enigmático, deja de serlo cuando constatamos que los afectos más básicos en efecto están adheridos a esos recuerdos más tempranos. Pero no toda la información que llevamos consigo y que son parte de nuestra identidad, individual y comunitaria, son eventos vividos en primera persona, ni como parte de ser contemporáneos de las mismas experiencias. Hay historias familiares por ejemplo, que van precedidas de la cláusula ‘ tú no lo llegaste a conocer’ pero hizo esta o tal otra cosa. Esa información que nos llega básicamente en forma narrativa, orientada más hacia la mente que hacia el cuerpo si cabe la distinción, es lo que propiamente se puede llamar memoria. En este sentido mencionado la memoria aparece como un puente entre el mundo de los antecesores y el de los sucesores.
Es algo que recibimos por una parte y que dejamos a las generaciones venideras, en este caso con la adición de nuestros propios recuerdos. Está, por supuesto, el otro uso tradicional de memoria como la capacidad de retención de información como cuando se dice ‘hay que aprender la tabla de multiplicar de memoria’ o ‘tal fulano pronuncia sus discursos de memoria’. ‘De memoria’ también se aprenden las materias de anatomía en las carreras de medicina y partes de los códigos legales en los estudios de derecho o las declinaciones en los cursos de latín o varios ideogramas en chino. Todo eso decimos que se tiene que aprender de memoria. Pero el esfuerzo se debe a que no hay una conexión emocional previa en la información a ser asimilada. En otros ámbitos a nadie se le ocurre decir que ‘sabe de memoria’ los nombres de sus sobrinos o de sus nietos o que ciertos esquemas de parentesco de algunos pueblos, verdadero rompecabezas para los antropólogos, sus integrantes ‘se los saben de memoria’. Dicho de otra manera, la información de la cual somos nativos por lo general no necesitamos ‘aprenderla de memoria’.
Si es aceptada la distinción que propongo entre recuerdo y memoria, , que, repito, no era de especial relevancia en otros momentos de nuestra historia como especie, podemos ordenar con mayor facilidad el manejo de las informaciones que forman nuestras existencias.
El recuerdo de hoy es la memoria de mañana
Una diferencia entre el recuerdo directamente vivido y la memoria recibida es que la primera puede ser reelaborada. Los acontecimientos pueden tener otro sentido si las emociones que lo acompañaron pueden pasar de la tristeza o indignación a otros sentimientos que permitan una relación más fluida y creativa con el presente. Es distinto en el caso de la memoria pues se trata de un paquete emocionalmente cerrado; lo hemos recibido de una cierta manera que no está inscrita nuestro registro corporal. Reelaborar una memoria por lo general es más producto de una investigación y a veces los cambios en las emociones incluso preceden a la búsqueda de nueva información. A veces nuevas informaciones, por ejemplo, sobre la participación de las mujeres en la vida pública en el Perú de la segunda mitad del siglo XIX tiene que ver con una mayor preocupación e interés por la situación de las mujeres contemporáneas de estos años de comienzos del siglo XXI.
¿Qué sucede con los recuerdos de cosas ‘que no han ocurrido’, como el caso de los cuentos infantiles? Por lo general la experiencia que lo liga fuertemente al recuerdo es el hecho mismo de la narración: era una historia que era contada por la madre o el padre en la cama antes de dormir, la abuela, la hermana mayor o la empleada del hogar que contaba una historia antes de tomar la sopa a la hora del almuerzo. Esto se puede extender a todo tipo de narraciones, sean literarias o ensayísticas: la parte del recuerdo está marcada por las circunstancias en que tal relato fue escuchado o leído.
La importancia de estos recuerdos está sujeta a una continua revisión emocional. Es más , puede ocurrir como alguna vez indicó Freud que un recuerdo tenga una presencia muy nítida digamos de un periodo de la infancia y que en la práctica cumpla la función de evitar mencionar o recordar algún otro momento cuya sola evocación resultaría muy dolorosa. A esto el inventor del psicoanálisis lo llamó ‘recuerdo encubridor’ y es un caso ejemplar para mostrar cómo la selección de un recuerdo por sobre otros es un proceso eminentemente emocional. En general, recordar, en el sentido de hacer conscientes experiencias vividas y reformular la narrativa autobiográfica, , es parte central de la cura psicoanalítica. De esta manera además se ´pueden evitar repeticiones dolorosas de alguna manera que a primera vista aparecen como misteriosas en la vida de la persona; es lo que se llama propiamente el trabajo de reelaboración.
La memoria, aquello que es recibido, y que junto con los recuerdos son las dos grandes fuentes de la identidad también está sujeta a reelaboración pero su proceso es algo diferente de los recuerdos vividos. Es importante destacar que ‘lo directamente vivido’ no necesariamente implica una participación en primera fila digamos de tal o cual experiencia, pero sí de la atmósfera que abarcó a todos los contemporáneos en un cierto momento: todos nos pusimos contentos cuando la selección peruana de voley ganó una medalla olímpica en Seúl, o todos quienes vivíamos en las ciudades temíamos que fuera a estallar un coche bomba en los años ochenta del siglo XX. Se trata de experiencias que directamente no fueron experimentadas, pero donde sí hubo una plena participación en la atmósfera de estos acontecimientos.
Cada generación reelabora la memoria a partir de los recuerdos del presente, ya sea para resaltar un contraste o para señalar una continuidad. Cuando el presente es democrático puede suceder que sea relevante destacar los horrores del pasado. Dicho sea de paso esto le ha dado una nueva importancia a la figura de la destrucción de archivos, precisamente para evitar el rastro de ciertos eventos que no se quiere que sean incorporados a la memoria pública. El secreto de estado ha conocido serios límites en las últimas décadas. El acceso a la información como derecho ciudadano ha llevado en varios casos, especialmente en América Latina a la simple y llana destrucción de archivos que podrían ser usados como pruebas de crímenes de estado. No es un detalle accesorio, la destrucción de archivos es literalmente la destrucción de la memoria, algo que se considera que no debe formar parte de la memoria pública. En este entramado, políticamente muy conflictivo lo que está en juego es precisamente la ignorancia moral antes mencionada. La diferencia es que en este caso no se trata del ‘ignorante bien temperado’ , más bien cabe mencionar al ‘ignorante destemplado’ que simplemente considera cualquier mención a los derechos humanos como una provocación para crear una situación conflictiva extrema.
De este planteamiento se desprenden algunos problemas que me parecen relevantes: Primero, considerar la memoria como el legado de los recuerdos de una generación a las siguientes. En unos tiempos donde la información está constituida por redes de alcance global, la capacidad de recordar y de comunicar adquieren una importancia sin precedentes. Lo que no es vivido como parte de una condición contemporánea, anhela ser entendido como parte de una memoria. La conocida, y hasta manida, ‘hay que conocer la historia para que no se repita’ adquiere otro sentido si se la entiende a partir de lo que afirma en el trasfondo antes que por lo que niega de manera explícita. Es una manera oblicua de reconocer que la función básica de la memoria es la formación o preservación de ideales. No es un asunto de coyunturas políticas inmediatas lo que está en juego. Ocurre que los procesos de formación de las memorias colectivas, y también de los individuos han tenido transformaciones radicales en el último medio siglo. Hay una mayor fluidez en la circulación de la información y de la capacidad de recordar. Los ideales, tanto los colectivos como los individuales son reelaborados con una aceleración desconocida hasta no hace mucho.
El cambio más profundo, y por cierto consecuencia de una mayor presencia de una cultura política democrática, es la transformación de las experiencias, de los recuerdos de una generación en las siguientes. Estos recuerdos pueden ser parte de una orientación ideal a seguir como por el contrario pueden ser un importante recurso para el cuestionamiento y abrir perspectivas más amplias de reconocimiento y de un sentido de justicia.
Cien años atrás, la distinción entre memoria y recuerdo carecía de la relevancia actual porque la evolución de los ideales, de los criterios para actuar de una manera más incluyente, eran muy lentos, los cambios de una generación a otra muchas veces eran apenas perceptibles. Un cierto sentido de permanencia en el tiempo se daba por descontado y por la tanto no tenía por qué haber mayor discordancia o siquiera distancia entre la experiencia vivida y el material de la memoria pública. En la actualidad la transformación de los recuerdos de una generación en la memoria de las siguientes es una proceso y una responsabilidad que está cambiando drásticamente nuestra manera de actuar y de sentir.
Ahora la memoria es una tarea orientada al futuro.

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